14/09/05
Kubrick y figura
Era el estreno más esperado de 1.968. La sala se abarrotaba de personalidades y de la flor y nata de Hollywood. Había una expectación realmente desmedida para contemplar una película, que se decía, estaba llamada a cambiar la historia del cine. Pero si había alguien especialmente excitado en aquel momento, ése era Alex North. El compositor de bandas sonoras tan memorables como la de "Las sandalias del pescador", "Un tranvía llamado deseo" o "El tormento y el éxtasis" acababa de componer para la película su mejor partitura; aquella por la que estaba seguro que sería recordado. Uno de los mejores compositores de la historia del cine había dado a luz a su mejor obra, en la que había puesto todo su empeño durante casi un año.
Se hizo un gran silencio en la sala. Las cortinas descubrieron la pantalla y la proyección comienza. Alex North no podía ser más feliz en aquel momento. Pero las cosas no iban cómo él pensaba. La majestuosa obertura que había compuesto para los títulos de crédito iniciales no aparecía por ninguna parte. En su lugar podía oírse el espectacular inicio de "Así hablaba Zaratrusta" de Strauss. "Será cosa de las prisas en el montaje, un error", se decía North. La película avanzaba y se acercaba el momento soñado por Alex North. Aquel en el que el tema central que había compuesto se dibujaba en el aire mientras una gran nave espacial de forma circular rotaba sobre sí misma. Cuando los compases de "El Danubio Azul" deleitaban a la audiencia, un compungido y humillado Alex North abandonaba la sala, sin entender qué habían hecho con su partitura.
La película en cuestión era "2001, una odisea del espacio". Stanley Kubrick, su director, había decidido en el último momento sustituir la hermosa composición de North por los inmortales valses de Strauss. Ni tan siquiera se tomó la molestia de comunicarle su decisión al pobre North, que lo descubrió en el patio de butacas del Cinerama Theatre de Nueva York.
Así era Stanley Kubrick. Un genio tiránico y perfeccionista hasta en los detalles más diminutos que podía permitirse el lujo de manejar a su antojo a los grandes estudios o destrozar la vida de actores y técnicos. En los próximos artículos os contaré todas las anécdotas que he recopilado sobre este director de cine. La mayoría he podido contrastarlas a través de varias fuentes, por lo que a pesar de los increíbles que puedan parecer, tienen visos de ser ciertas.
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05/09/05
Lo malo de lo bueno
Hasta las mejores cosas tienen un lado malo. Y el de las vacaciones es que se acaban. Lo cortas que se te hacen las tuyas y lo largas que se te hacen las de los demás. Pero en fin, no voy a contarte lo que ya sabes (y sufres).
Ayer recibí un encargo de una agencia para que colabore para un concurso de la Comunidad Autónoma. Os lo explico brevemente para aquellos que no sepan de lo que hablo. Las administraciones públicas están obligadas a someter a concurso sus contratos publicitarios. Normalmente se sabe con anterioridad quien se va a llevar el gato el agua, pero aún así, la ley obliga a la convocatoria del concurso. Algunas veces, sólo algunas, los concursos son de "verdad". Pero eso es difícil saberlo, por lo que cada vez que se convoca uno, todas las agencias acuden como moscas atraídas por la deslumbrante luz de mamá administración. Y allí te las ves a todas, invirtiendo una pasta y haciendo el pino puente demostrando que son las mejores del mundo planetario. Pero... lllega lo malo. Y lo malo es que sólo uno el que se lleva todo el pastel y el resto se queda con las moscas (detrás de la oreja, normalmente). Se trata de algo muy degradante para la profesión, porque se trabaja mucho y la mayoría de las veces en balde.
Y es aquí donde me veo yo ahora. Esta la oferta que me hicieron en la agencia: "Te curras el concepto, los textos, el guión, las explicaciones, la presentación y un masaje para la consejera. Si sale bien cobras r - (x-5000)/1000, y si no, te vas donde las moscas**
**El avezado lector no necesitará saber que donde van normalmente las moscas, no es detrás de las orejas.
Y yo me digo: nos quejamos de lo mal que se trata a los publicitarios en los concursos y después nos hacemos lo mismo entre nosotros. Cuando explico que mi trabajo es exactamente el mismo, se gane o no el concurso y que mi salario es mi trabajo, se echan las manos a la cabeza. Estamos tan acostumbrados a regalar trabajo, que ya no somos capaces de valorar lo que hacemos.
Prefiero pocos clientes y que valoren mi trabajo, que muchos que lo ninguneen. Trabajas menos, pero mejor. Ganas menos, pero por lo menos no te llega cualquier donnadie tirándote tu trabajo a la cara. En fin...
"Si no te equivocas de vez en cuando, es que no estás aprovechando todas las oportunidades" (Woody Allen)
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24/07/05
¿Existe la imprudencia?
Yo diría que no. Si no fuera por los diccionarios, me apostaría algo a que hoy "imprudencia" es la expresión políticamente correcta del concepto "estupidez". ¿De verdad se puede llamar imprudente al que monta una barbacoa en un lugar prohibido y causa un incendio? "¿Barbacoas prohibidas a mí?, pues pinchitos churrascados con llamas de 2 metros ¿Prohibido adelantar? Pues hago un triple adelantamiento con tirabuzón helicoidal y si me da tiempo miro al que adelanto con cara de llamarle panoli. ¿Qué un rottweiler mata a un bebé? Pues al desagüe el pez de colores y el canario de la abuela, y bienvenida la mascota ideal."
¿Pero en qué clase de sociedad estamos viviendo? Parece que todo lo que no seamos nosotros y hacer lo que nos dé la gana, no tiene la menor importancia. Vivimos en tal estado egomaniaco que no nos preocupa nada que ocurra más allá de nuestra nariz. Y esto, lejos de acercarnos a Sócrates, nos acerca cada día más a la idiotez más espléndida. Tenemos tanto culto a nuestro ego que nos resulta imposible comprender, por ejemplo, que haya gente dispuesta a inmolarse en nombre de lo que sea. No lo entendemos. Pero no lo entendemos, porque no nos molestamos en conocer más allá de nuestra experiencia propia.
A lo mejor piensas que acusar a alguien de irresponsable o maleducado podría explicar mejor esto a lo que llamo estupidez. Creo que esas palabras se quedan cortas, porque pasar de todo olímpicamente para satisfacer los gustos propios creo que sólo se puede ser cosa de un estúpido. Si tuviéramos ojos para todo lo que nos rodea, no pasarían estas cosas.
Más pruebas que demuestran mi teoría (quien no haya visto esto alguna vez, que se lo haga mirar): todos los inviernos tenemos montañeros que se quedan atrapados o perdidos durante una anunciadísima tormenta. Lo saben y se meten. Después hay que salvarlos (con tu dinero y el mío) y los hay, que una vez salvados... ¡¡¡se quejan porque tardaron en rescatarlos!!! Vamos a ver, te metes solito en el lío, te sacan y ¿todavía tienes los santos gemelos de quejarte? ¿Es eso de irreponsable o de otra cosa?
¿Y qué me dices de esto? Atasco monumental, no hay forma de avanzar ni un solo metro. Por supuesto, hay mentes privilegiadas que descubren que todos somos tontos menos ellos. Se cuelan por el arcén y después quieren reincorporarse a la fila. Si alguien comete la osadía de no dejar pasar al premio Nobel, el académico te mencionará como poco, a tu madre en una indecorosa, aunque honrada profesión. ¡Venga! ¡a reclamar derechos, que las obligaciones son de otros!
El problema de la "imprudencia/estupidez" es que, a veces, ese comportamiento tan inconsciente en el que se ignoran personas, leyes y responsabilidades, acaba sembrando los telediarios de cenizas, coches ensangrentados o inocentes que mueren intentando arreglar los desaguisados de estos estúpidos.
Y no te creas que estamos tú y yo a salvo de todo esto. Pensar eso sería una pequeña estupidez.
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